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Mi bella Cuba!!!/COMPAY SEGUNDO como La Palma.
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El original dúo los compadres: Lorenzo Hierrezuelo y Francisco Repilado (Compay Segundo) una tarde en Santa Cruz del Norte.

 

El día que me dejaron ir por primera vez a la tienda de los Menéndez, a comprarme uno de aquellos paniqueques que hacía Pedro Barrios, me encontré con Armelio -viejo amigo de la familia- tamborileando sobre el mostrador de caoba pulido por los años y cantándole a su vaso de ron una canción desconocida para mí entonces -como casi todas- de la que logré llevarme para la casa el estribillo: Cuando muera yo, cuando muera yo, / Clarabella quién me llorará...

Regresé a la casa repitiendo esa pregunta y mi abuela me dijo: ¿Qué haces tú con esa canción de viejos en la boca? Al yo querer saber, por qué me decía aquello, me contó que se trataba de un bolero que interpretaba el Dúo Los Compadres. Aunque no me dijo quiénes lo integraban, esa fue la primera referencia que yo tuve, al inicio de los años sesenta de Compay Segundo.

Crecí, anduve por escuelas y vine de mi pueblo oriental y ya Los Compadres que vi y escuché no eran los mismos a los que se refería mi abuela, o no eran totalmente los mismos.

Al fin logré saber que originalmente la agrupación estuvo integrada por Francisco Repilado y Lorenzo Hierrezuelo. Y que cada uno de ellos se hacía llamar Compay Primo (Lorenzo) y Compay Segundo (Repilado), por las voces que hacían en la agrupación. Un poco después pude escuchar en una vieja placa, aquellos primeros Compadres y me quedé maravillado por el acople de las voces de aquellos trovadores soneros y por la gracia con la cual hablaban del mundo de monte adentro, de las peripecias del hombre de campo oriental y de su modo de definir el entorno. También disfruté los nuevos Compadres, ahora integrados por el mismo Lorenzo y su hermano Reinaldo, pero nadie me sabía decir qué hacía, ni donde estaba Francisco Repilado.

En el otoño de 1993 Jesús Cosano, de la Fundación Luis Cernuda de la Diputación de Sevilla, me encomendó la coordinación de la delegación cubana, que participaría en el Primer Encuentro entre el Son y el Flamenco. Me pidieron que buscara cuatro de los más auténticos grupos, entre los más viejos cultores del son tradicional. Y me dieron libertad para que los escogiera. Entonces empecé a indagar la situación de algunas figuras emblemáticas. Fue así que me enteré con Danilo Orozco que Compay Segundo estaba aquí en La Habana y también me brindó su teléfono.

Llamé a Compay a su casa de la calle Salud y me dijo que lo podía ver por las noches, trabajando con su cuarteto en el Hotel Kohly. Allí me fui y los encontré trabajando en la piscina, sin apoyo alguno de amplificación y un aire un poco molesto. Sin embargo, sonaban de manera impresionante. No había dudas, estaba ante una de las más perfectas instituciones musicales de su género. Volví varias veces más y empecé a asistir a los ensayos de Compay Segundo y sus Muchachos. Cuando en julio de 1994 Repilado pisó suelo sevillano, junto a Faustino Oramas (El Guayabero), el Conjunto Los Naranjos y el Septeto Espirituano; ya nos habíamos hecho amigos.

Un hombre de tan avanzada edad, lleno de vitalidad, que no había dejado esencialmente de ser joven, aunque cargaba un pesado bulto de recuerdos y que dialogaba con los de muchísimos menos años con pícaro sentido de la complicidad. Él me dio la posibilidad de conocer incontables detalles de personas y sucesos importantes en la historia del son. Mientras compartíamos un trago de ron y echábamos humo de sendos tabacos, que él mismo liaba diestramente, desvanecía mis lagunas de conocimiento, sobre el autor de tal canción, el primer viaje de Machín a Santiago, la verdadera motivación de muchas de sus canciones, la seducción que su música le provocó a Mao cuando lo escuchó cantar en la mismísima China, sus conversaciones con Matamoros en Guanabacoa...

Me sentía seguro de la actuación de las agrupaciones elegidas, pero hasta que no vi el gozo compartido entre los soneros y los flamencos, mientras actuaban sobre un mismo escenario en entrañables pueblos andaluces, no me quedé tranquilo. Todos trabajaron de forma estupenda, pero en honor a la verdad, Compay acaparó los mayores aplausos. Además de brindar un contundente repertorio de su autoría, de demostrar que su cuarteto funcionaba como un bien ajustado mecanismo de relojería; apoyado por el buen desempeño de los restantes músicos, él no solo impresionaba por el toque de su armónico y el despliegue de su voz segunda, sino por la gracia inefable con la que se movía ante el público. Ahora mismo lo estoy viendo con su sonrisa oriunda de Siboney, cuando arrancaban los aplausos y oyéndole decir, al tope de la satisfacción: ¡Echaaa!

A consecuencia del éxito alcanzado en la primera edición, me pareció justo que Compay Segundo y sus Muchachos, volvieran a participar en el Encuentro del Son Cubano y el Flamenco en el verano de 1995. Ya para entonces no había misterios. En cualquiera de los sitios en que se presentaba, era tomado como un viejo amigo. Empezaron a interesarse por él fuera de España y se produjo su primer viaje a Francia. En el otoño de ese mismo año grabó en los Estudios Cinearte de Madrid una amplia antología, con lo más significativo. La producción artística estuvo a cargo del importante músico español Santiago Auserón, quien tuvo la gentileza de llamarme a trabajar en ese proyecto, como asesor de contenidos. Un álbum doble editado y distribuido por Warner Music, que vendió un montón de miles de copias en Europa, Estados Unidos y países de nuestra América, antes de que Ry Cooder realizara en La Habana su disco Buena Vista Social Club. Por ello advierto una vez más, que la participación de Compay en él, le da más relevancia en la popularidad mundial, pero de ningún modo constituye el descubrimiento del incansable músico.

Los últimos años del siglo pasado y los que pudo vivir del presente milenio, fueron para Repilado un período de constantes presentaciones en los más increíbles lugares del mundo, porque su tiempo en Cuba era escaso y la mayoría de las veces ocupado en nuevas grabaciones, entrevistas de la prensa, grabación de documentales y visitas de personalidades. Nada de esto privó al artista de seguir brindando su sencilla amistad a quienes tuvimos el privilegio de tratarle. La fama no le cegó la capacidad de agradecer. Cada vez que me lo encontraba compartiendo con personalidades cubanas o extranjeras que no me conocían, lo primero que decía era: Él fue quien me llevó a Europa las primeras veces.

En aquella canción de Compay llamada "Clarabella", que siendo niño le escuché a Armelio en la tienda de los Menéndez en Cauto del Paso, hay un verso que se me tornó emblemático muchos años después, al hacernos amigos: Yo nunca pienso que me tengo que morir. Por eso, la llamada seca en la alta madrugada, anunciándome su muerte, me rajó el tiempo en dos mitades. Llegué a la funeraria de Calzada y K, sin saber qué hacerme con esa realidad. Allí estaba él en el ataúd, como al final, en el mejor de los casos, nos tendrá que ocurrir a todos, sin embargo, todo Compay estaba allí en el rectángulo estrecho de esas tablas. Su música, su sabiduría, su impoluta cubanía, ya se había regado entre jóvenes, viejecitas, militares, visitantes foráneos, obreros recién salidos del trabajo, amas de casa que raramente salen del hogar...todos los que estábamos allí, mirándonos unos a otros como parientes cercanos. Nosotros mismos, los que en medio de la pena y el desconcierto, rompimos en un aplauso interminable en el momento en que el cadáver dejaba la funeraria habanera para ir a descansar en tierra santiaguera. Una ovación que no queríamos terminar, como si el trance fuera una broma pesada y al final pudiéramos volver a componernos el ánimo, cuando Compay sacara al aire su sombrero para volver a saludarnos.

Credits:

Este texto ha sido  enviado por :Pablo Jose Barrios(email:pablojose.pablokir677@gmail.com) a traves de su pagina en facebook para DeeJay Gonzalo y Autorizado por Pablo Jose para ser publicado en klavelatina 2009.