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Dos gardenias para ti

Daniel Santos y el bolero

Medardo Arias Satizábal

Daniel Santos, el inmenso bolerista puertorriqueño, fue objeto de homenaje en La Habana, con la celebración, en su nombre, del Festival Internacional del bolero, al cual concurrieron cantores y guitarristas de todo el Caribe y otros lugares de Latinoamérica.

         Daniel Doroteo Santos, más conocido entre guapos como "El Jefe" o "El Inquieto Anacobero", nació en Trastalleres, hoy zona metropolitana de San Juan, hijo de un carpintero dicharachero y trompadachín. Temprano se aficionó a los zapatos blancos, la correas de gran hebilla, la brillantina en el pelo y el bigote recortado con precisión geométrica; el hombre sabía para dónde iba, pues ya en en los 40, en La Habana, cuando empezó a cantar con La Sonora Matancera, se le reconocía como el "caudillo de la bacanería", El Comandante de esa escuela de la calle que enseñaba a comportarse como un príncipe en medio de la pobreza.

         Trastalleres, al igual que Santurce, conserva ese aire viejo de lo que fue mejor. Dos o tres teatros grandes, de arquitectura imperial, todavía iluminan las noches populosas, las tardes esquineras donde se discute aún sobre lo que quiso decir Catalino Curet con aquello de "ciudadanía noble" en la barriada de La Perla.

Mick Jagger de su tiempo, Daniel fue puesto preso en Ecuador, por posesión de "Cannabis Sativa", Cáñamo de la India o "hierba maldita" -bendita la llamaba él- y la noticia le dio la vuelta a todas  las cantinas del sur de América. Séneca boricua, gustaba de sentenciar, como en sus canciones, en máximas que rápidamente ganaban el archivo de esas frases lujosas que  que el plebeyo guarda para el instante oportuno: "Hay que haber estado preso, un solo día, para saber cuánto vale la libertad..."

El Jefe en El Califa   

En La Habana cantaba esas canciones que Don Pedro Flóres hacía a la medida de su voz motorizada en un estilo único: "Virrrrrrgen de medianoche...". Cantaba cerca del Muelle de la Luz, en una barcito llamado "El Califa", donde conoció a Patricia, otro de los amores de su vida: "Oh Patricia, mujer adolorida", decía en el bolero, y un ferretero de Guanabacoa lo confirma: "Lo de "adolorida" era porque Daniel era un patán en La Habana. A Patricia la golpeaba diariamente. En el Harlem Hispano, un tendero conserva la única foto que se conoce de Linda, la misma que le escribió a Daniel desde un convento.

Por el texto "Un hombre llamado Daniel Santos", de Luis Rafael Sánchez, el autor de "La guaracha del Macho Camacho", sabemos que fue  considerado un héroe popular, una nacionalista convencido que sin embargo amaba vivir en Nueva York. Controvertido, auténtico, cantaba igual una canción que rezaba en su coro, "Fuera yankee, go home, fuera yankee", que ese bolero, poema al tiempo, que prometía dos gardenias.

Lo que se ve claro hoy es la apertura cada vez mayor de Cuba a las expresiones auténticas de la música de su vecindario. Impensable, en otro tiempo, un homenaje a Daniel Santos. Pero el bolero es así; está blindado contra la política y nos ofrece, desde hace más de 100 años, ese "tempo" agridulce del romance, en la letra precisa de nuestros poetas populares. De hecho, un cantante como Vicentico Valdés continúa llenando la noche habanera con boleros como "Envidia" y "Los aretes que le faltan a la luna", una poética callejera de todos modos ajena al "materialismo dialéctico".

 Alguna vez, Tite "Curet" Alonso, excelso compositor de boleros, me decía, ante la pretensión de García Márquez de escribir  un buen bolero: "El bolero no puede ser muy intelectual; debe ser directo, decir la verdad, de cierta manera, así que todo el mundo lo entienda..."

         Los musicólogos dícen que el nombre del género, bolero, viene de esos adornos de encaje que usaban las mujeres de Andalucía, en sus trajes de baile. Cuba reclama ser la cuna del bolero, con "Tristezas" de Pepe Castillo, más en México, se afirma que el primer bolero fue "La borrachita". Cierto o no, el bolero se cultiva también en Colombia, en Argentina, en España. En España, el cubano Antonio Machín es tenido como propio, pues vivió ahí buena parte de su vida. En México, Agustín Lara y Chavela Vargas, nos dieron una buena lección de cómo es esto de sentir cantando, y en Puerto Rico, aparte de El Jefe, mi voto indiscutible es por Tito Rodríguez y por La Lupe, intérprete ella de esos boleros de "demanda penal" que le escribió el Tite Curet. "Cada vez que los escucho, me dan ganas de mandarte a la cárcel", le decía un amigo fiscal en San Juan.   

Daniel Doroteo Santos, el caudillo del desamor hecho bolero, un ritmo que continúa con la buena salud de la más Honda música popular.

    Hartford, otoño de 2008 

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